Durante el primer fin de semana, comencé a entrar al psiquiátrico. Al cruzar la primera vez en pasillo oscuro y la puertecita, única entrada al gran recinto del hospital, me daba, sin querer, un atisbo de temor. Ahora me avergüenzo al pensarlo. Al entablar los primeros contactos y comenzar a conversar, me fui dando cuenta de que obviamente todas éramos personas las que estábamos ahí dentro y que nada me iba a pasar.

Conversé con Iván, con Laura, con Ximena, con Michael y con su mamá, Josefina, que había venido de visita.

Josefina me contó que Michael está internado desde que tiene 14 años. Era un chico algo tímido, que poco a poco se fue aislando más y más. Cuando peleaba con su madre se ponía violento y comenzó a darle miedo, hasta que un día le atacó. Así que lo llevó primero al psicopedagógico, que es el centro para menores, y luego en el 2007 fue trasladado al hospital Gregorio Pacheco. Ahora Michael tiene 30 años.

Durante todo este tiempo, en ocasiones Josefina tenía la sensación de que Michael estaba mejor, y de que era posible volverlo a llevar a casa. Pero no se veía capaz, apenas tenía suficientes recursos para mantenerse a sí misma. No habría podido dar de comer a su hijo y pagar la medicación. Así que Michael siguió internado.

En la institución, hay una línea invisible que divide a unos pacientes y a otros. Los primeros conseguirán salir. Sus familias todavía les respaldan, tienen recursos para pagar los tratamientos, ir a visitarlos y también para mantenerlos en casa una vez les dan el alta médica. No visten ropas regaladas por la caridad. Usan lentes, leen libros para pasar las largas horas al sol. Hablan castellano. Tienen dentaduras bien cuidadas, sin huecos, y en ocasiones incluso llevan ortodoncia.

Los segundos no salen. O salen a ratos, a trabajar a la lavandería, a la fotocopiadora, o al parqueadero por unos pocos bolivianos, con la promesa de regresar al atardecer. No vienen sus familias. O éstas aparecen sólo de vez en cuando, en Navidad, por el día de la madre, para el cumpleaños. Las familias en algunos casos atravesaron experiencias demasiado intensas para poder comprenderlas bien, o demasiado desalentadoras. En casi todas las veces se les juntó con la miseria.

En muchas ocasiones entiendo la lucha diaria entre paciente y familia, dejados a su suerte. Leyendo los reportes del psiquiatra en los que se les pregunta una vez cada mes, o cada dos meses, si los medicamentos son bien tolerados. “Si doctora, sólo le dan mucha sed.” o “Le da algo de sueño por las mañanas.” Eso es todo.

La familia era el único músculo social para estas personas y claudicó.

Las familias se consuelan, prefieren ver a su hijo o a su hermana acá adentro, estable, con medicamentos. “Está bien cuidado.” “Lo veo feliz.” – piensan.

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